De la gloria del Señor está llena su obra
Voy a recordar las obras del Señor,
voy a contar lo que he visto.
Por la palabra del Señor fueron hechas sus obras,
y la creación está sometida a su voluntad.
El sol radiante todo lo contempla,
de la gloria del Señor está llena su obra.
Ni siquiera los santos del Señor son capaces
de contar todas las maravillas
que el Señor omnipotente ha establecido firmemente,
para que el universo subsista ante su gloria.
Él sondea el abismo y el corazón,
y penetra todos sus secretos.
Pues el Altísimo conoce toda la ciencia
y escruta las señales de los tiempos.
Anuncia lo pasado y lo futuro,
y descubre las huellas de las cosas ocultas.
No se le escapa ningún pensamiento,
ni una palabra se le oculta.
Puso en orden las grandezas de su sabiduría,
porque él existe desde siempre y por siempre;
nada se le puede añadir ni quitar,
y no necesita de consejero alguno.
¡Qué deseables son todas sus obras!
Y lo que contemplamos es apenas un destello.
Todas viven y permanecen eternamente,
y lo obedecen en cualquier circunstancia.
Todas las cosas son de dos en dos, una frente a otra,
no ha creado nada imperfecto.
Una cosa confirma la excelencia de otra,
¿quién puede cansarse de contemplar su gloria?
R/ La palabra de Dios hizo el cielo.
V/. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones. R/.
V/. Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; El ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/.
V/. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos; encierra en un odre las aguas marinas, mete en un depósito el océano. R/.
V/. Tema al Señor la tierra entera, tiemblen ante él los habitantes del orbe: porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió. R/.
“Rabbuní”, haz que recobre la vista
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
«Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».
Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más:
«Hijo de David, ten compasión de mí».
Jesús se detuvo y dijo:
«Llamadlo».
Llamaron al ciego, diciéndole:
«Ánimo, levántate, que te llama».
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
«¿Qué quieres que te haga?».
El ciego le contestó:
«“Rabbuní”, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Anda, tu fe te ha salvado».
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
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