Bilboko Elizbarrutia — Diócesis de Bilbao
Hoy

Jueves de la IX Semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario Feria Ciclo B Ano I
San Carlos Lwanga y companeros, martires (Memoria Obligatoria)
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Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez

En aquellos días, cuando entraron en Media, ya cerca de Ecbatana, el ángel Rafael, haciéndose pasar por un tal Azarías, dijo al joven:

«Hermano Tobías».

Este respondió:

«Dime».

Prosiguió Azarías:

«Pasaremos la noche en casa de Ragüel. Este pariente tuyo tiene una hija llamada Sara.

,Cuando entraron en Ecbatana, dijo Tobías:

«Hermano Azarías, condúceme rápido a casa de nuestro pariente Ragüel».

Así lo hizo el ángel. Lo encontraron sentado a la entrada del patio. Al saludo de ambos él respondió:

«Mi más cordial bienvenida. Espero que estéis bien».

Los hizo entrar en casa.

Entonces Ragüel sacrificó un carnero y los hospedó con suma cordialidad.

Después de bañarse y lavarse las manos, se sentaron a la mesa. Tobías dijo entonces a Rafael:

«Hermano Azarías, di a Ragüel que me dé por mujer a mi pariente Sara».

Ragüel lo oyó y dijo al joven:

«Come, bebe y disfruta esta noche. Tú eres quien más derecho tiene a casarse con Sara. No podría yo dársela a otro, puesto que tú eres el pariente más próximo. Pero debo decirte la verdad, hijo. Ya se la he dado en matrimonio a siete parientes y todos murieron la noche de la boda. Ahora, hijo, come y bebe, que el Señor se cuidará de vosotros».

Pero Tobías insistió:

«No comeré ni beberé hasta que tomes una decisión sobre lo que te he pedido».

Ragüel respondió:

«De acuerdo. Te la doy por esposa según lo prescrito en la ley de Moisés. Dios ordena que sea tuya. Recíbela. Desde ahora sois marido y mujer. Tuya es desde hoy para siempre. Hijo, que el Señor del cielo os ayude esta noche y os conceda misericordia y paz».

Llamó Ragüel a su hija Sara y, cuando ella estuvo presente, la tomó de la mano y se la entregó a Tobías, diciendo:

«Tómala por mujer según lo previsto y ordenado en la ley de Moisés. Tómala y llévala con bien a la casa de tu padre. Que el Dios del cielo os conserve en paz y prosperidad».

Llamó luego a la madre, mandó traer una hoja de papel y escribió el contrato de matrimonio: Sara era entregada por mujer a Tobías según lo prescrito en la ley de Moisés. Después de esto comenzaron a cenar.

Ragüel se dirigió a Edna, su mujer, y le dijo:

«Querida, prepara la otra habitación para Sara».

Así lo hizo Edna y llevó allí a su hija. No pudo evitar el llanto. Luego, secándose las lágrimas, le dijo:

«¡Ten ánimo, hija! Que el Señor del cielo cambie tu tristeza en alegría. ¡Ten ánimo, hija!».

Y se retiró.

Cuando todos hubieron salido y cerrado la puerta de la habitación, Tobías se levantó de la cama y dijo a Sara:

«Levántate, mujer. Vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos proteja».

Ella se levantó, y comenzaron a suplicar la protección del Señor. Tobías oró así:

«Bendito seas, Dios de nuestros padres,

y bendito tu nombre por siempre.

Que por siempre te alaben

los cielos y todas tus criaturas.

Tú creaste a Adán y le diste

a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo.

De ellos nació la estirpe humana.

Tú dijiste: “No es bueno que el hombre esté solo;

hagámosle una ayuda semejante a él”.

Al casarme ahora con esta mujer,

no lo hago por impuro deseo,

sino con la mejor intención.

Ten misericordia de nosotros

y haz que lleguemos juntos a la vejez».

Los dos dijeron:

«Amén, amén».

Y durmieron toda la noche.

R/ Dichosos los que temen al Señor.

V/. ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo serás dichoso, te irá bien. R/.

V/. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R/.

V/. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida. R/.

No hay mandamiento mayor que estos

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».

Respondió Jesús:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

El escriba replicó:

«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

«No estás lejos del reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.