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Jueves

25/3/2027

Jueves Santo - La Cena del Senor

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El Espíritu del Señor está sobre mi, porque el Señor me ha ungido.

Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados,

para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad;

para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios;

para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión;

para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos.

Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».

Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo.

Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos.

Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.

R/ El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.

V/. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. R/.

V/. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas. R/.

V/. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. R/.

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he

transmitido:

Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con la copa, después de cenar, diciendo:

«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Los amó hasta el extremo

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:

— Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?

Jesús le replicó:

— Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo:

— No me lavarás los pies jamás.

Jesús le contestó:

— Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.

Simón Pedro le dijo:

— Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo:

—Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él

está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»)

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

— ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.